Todos somos tontos. Si así no fuese habríamos nacido en otro plano de existencia. Seríamos ángeles o semidioses, o como quieran llamarlo pero no seríamos humanos.
Piensen cuantas veces nuestra conducta no es la que más conviene a nuestros intereses. Cuantas veces hablamos lo que deberíamos callar, cuantas veces nos extralimitamos en nuestra conducta, cuantas veces nos ponemos en situación de riesgo sin otra razón que la desidia o el gusto por las emociones fuertes.
Creo que se le atribuye a Einstein el haber dicho que dos cosas eran infinitas: el Universo y la estupidez humana (y sobre el primero tenía sus dudas)
Si solo pudiésemos aceptarlo… Pero no, somos arrogantes, si notamos que, en algún aspecto de nuestra vida, somos un poco más astutos que el resto, pensamos que somos menos tontos que los otros y con esto aumentamos la estupidez general.
Si solo pudiésemos aceptarlo, si reconociésemos nuestras limitaciones, si no nos creyésemos tan diferentes al resto de los 6000 millones que pueblan nuestro planeta. Entonces, tal vez, comenzaríamos a mirar a nuestro alrededor y sentiríamos compasión. Pero no una compasión de pesadumbre, parecida a la lástima. Sino una parecida al amor. Sentirse camarada del otro cuando ha cometido los errores. Recordar lo nuestro para ver en el otro a un igual y tal vez entonces nos podríamos saludar como los Mayas diciendo: “Yo soy otro tu” y escuchar que el otro nos devuelve el saludo con la misma frase.
miércoles, 24 de octubre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Namastè, querido amigo :)
Publicar un comentario