Somos seres autoconscientes, una definición importantísima por sus implicancias. Sabemos que existimos, tenemos la memoria de hechos ya sucedidos en los que participamos de alguna manera (aunque sea como espectadores), desarrollamos una cultura y transmitimos a las futuras generaciones informaciones que modelarán sus vidas. Desarrollamos una ciencia que nos permite conocer y comprender el porqué de cada partícula del Universo. Somos capaces de destruir nuestro mundo o convertirlo en un Paraíso.
Así como la porción más pequeña de un objeto contiene la esencia de lo que compone al objeto mismo. El hombre fue hecho: “A imagen y semejanza” dice el Génesis bíblico. Y también se nos dice que recibimos el aliento divino para convertirnos de muñecos de arcilla en verdaderos humanos. El Soplo Divino, el aliento vital que nos permite la travesía terrestre y que abandona el cuerpo al momento de la muerte.
El aliento es también el aire que nos permite hablar, expresar las emociones y los pensamientos, comunicarnos, compartir y debatir.
La creación comienza con el verbo, el “Hágase la Luz” que es la “Gran Explosión” el “Big Bang” que reconoce como límite el conocimiento científico. -Más allá de ese momento, no existe el tiempo y las leyes de la física no son aplicables- dicen los científicos con acertada razón. Si fueran más allá y escucharan al verbo divino, dejarían de ser científicos para convertirse en santos.
Lo cierto es que compartimos la “Naturaleza Divina” en nuestra conciencia individual y en el poder de nuestro verbo. La palabra puede dar vida y como contrapartida lógica, generar muerte. Dos actos propios del “Supremo Creador”.
Como humanos somos partes de la “Creación” y estamos sujetos al devenir. El transcurrir del tiempo en el que evolucionamos, en un proceso gradual de despertar conciente, hasta manifestar en plenitud nuestra naturaleza espiritual.
En una de las etapas del proceso, la conciencia descubre su conexión con el amor, el combustible que impulsa la voluntad creadora y entonces, el verbo expresa su mayor poder constructivo. La Creación se sostiene en el amor. La palabra es dadora de vida y nos permite participar de la divinidad. Comprendemos el sentido de las palabras de Jesús al decir: “Mi Padre y Yo somos Uno”
Cuando somos concientes del amor que nos impulsa, podemos utilizar nuestra palabra para conectarnos con el “Todo”, con Dios, en cualquiera de sus manifestaciones.
Ese es el poder de la oración. La posibilidad, que nos fue otorgada, de producir transformaciones en nosotros mismos y en nuestro entorno.
Existen numerosos artículos que nos informan sobre investigaciones que se han realizado para verificar el poder de la oración. Algunos nos dicen que el agua modifica la forma de sus microscópicos cristales cuando es influenciada por la oración. Otros nos cuentan sobre experimentos que se realizaron sobre grupos de enfermos, constatando que sanaron más rápidamente aquellos por los que se había orado sistemáticamente.
Otra característica de la mente es la formación de hábitos. Cualquier cosa que hagamos, durante un lapso determinado, generará un mandato para la mente que intentará repetirlo. Los científicos han estudiado este fenómeno y lo llaman neuroplastia. Nos dicen que cada acción pone en funcionamiento una neurona que se conecta con otras formando redes. Cuando estas redes se han formado, influenciarán sobre la conducta. Y para cambiar estos impulsos se necesita generar nuevas redes neuronales que los reemplacen. El tiempo mínimo que se requiere para formar una nueva red neuronal es de seis meses. Por lo tanto, se necesitará persistir durante por lo menos ese lapso si queremos producir un cambio.
Si por cuestiones personales o sociales desarrollamos pensamientos agresivos, siempre nos veremos envueltos en situaciones que generen más de estos mismos pensamientos. Igual sucede con todos los hábitos.
Entonces, tal vez podríamos aprovechar una tendencia propia de la mente y generar un hábito positivo. Nuestros pensamientos podrían purificarse y se generarían situaciones en las que prevalezca la armonía. La paz necesaria para descubrir la obra de Dios en todo lo que nos rodea.
lunes, 20 de octubre de 2008
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