En cierta oportunidad, un diablo se presentó ante el Demonio que ocupaba su trono en el infierno. – Señor, señor, expresó con preocupación. – ¡Un hombre se ha convertido en santo!
El Demonio permaneció inmutable, mirando el rojizo horizonte de su vasto imperio.
¿Acaso no le preocupa?, dijo el diablo y repitió la nefasta noticia.
– ¡Un hombre se ha convertido en santo!
Sin apartar su mirada de aquel punto espacio temporal que solo él conocía, el Demonio dijo: -¿cuál es el temor que te embarga?. Si es cierto lo que dices, aquel hombre tendrá sus seguidores. “Y de ellos tendremos nuestra cosecha”.
La mediocridad es el alimento de los demonios. Y ellos no necesitan negociar para ponerse de acuerdo, ni hacen paro dejando sin alimentos a los más débiles habitantes del infierno. La humanidad se encarga de abastecerlos hasta el hartazgo.
Ayer acompañé a mi señora que debía someterse a un análisis bastante incómodo. El mismo fue realizado por su médica personal y un joven convocado por ella, que manipulaba un ecógrafo.
La doctora introdujo una aguja en el cuello de mi mujer hasta alcanzar un nódulo del que debía extraer material para analizarlo. Esta operación se repitió cuatro veces (dos en cada uno de los nódulos que pretendía analizar) guiándose por las indicaciones del ecógrafo.
La operación resultó exitosa y duró unos 20 minutos. No fue demasiado cruenta, dejándole a la paciente una molestia en el cuello que cedería con las horas y la ingesta de un analgésico.
La doctora estaba muy conforme con la rapidez, precisión y el resultado total de la operación realizada. En el diálogo que mantuvimos posteriormente nos expresó su conformidad con la tarea del joven médico que manejaba el ecógrafo. Por sus dichos, el aparato era muy sofisticado y el hombre un excelente profesional.
Nos contó también, que además de su profesionalidad, el joven médico manifestaba una gran generosidad. Guiado por este sentimiento, había llevado su sofisticado aparato al hospital donde realizaba sus guardias y lo utilizaba en el sector de obstetricia. Allí las pacientes tuvieron la posibilidad de utilizar este servicio, de manera totalmente gratuita, hasta que una denuncia por utilizar un aparato que no pertenecía al hospital (¿…?) y presiones de todo tipo hicieron que el joven médico desistiera de su tarea.
Mientras escribo esta nota, escucho la nota que un periodista le hace a una mujer cuyo marido murió a consecuencia del corte de ruta que realizan los productores agropecuarios (ruta 8 – Córdoba) El hombre no pudo pasar, debía ser atendido con urgencia de un infarto y estuvo cuatro horas dando vueltas hasta llegar al hospital, donde nada pudieron hacer. No tenían hijos, una mujer sola gritando a la injusticia. Oídos sordos y un periodista que intenta rescatar algunos detalles de lo sucedido. La cosecha está cerca, todos quieren ganar, pronto llegarán a un acuerdo. Todos estaremos conformes porque podremos conseguir alimentos. Y del hombre fallecido nadie se acordará, solo una mujer que grita a la injusticia. ¿Qué problema puede tener el Demonio para abastecer de humanos los hornos del Infierno?
jueves, 27 de marzo de 2008
jueves, 13 de marzo de 2008
domingo, 9 de marzo de 2008
La vida es una lección contra la soberbia
En cierta oportunidad, leyendo algunos pasajes del Antiguo Testamento, me pregunté cual sería la razón por la que Dios le había negado a Moisés entrar a la tierra prometida.
Subió al monte desde el cual podía ver la extensa comarca he imaginar como su pueblo tomaría posesión y prosperaría, aquel grupo de ex esclavos embrutecidos que vagaron durante 40 años por el desierto siguiendo a su líder con la esperanza de que se cumpliera la promesa de una nueva tierra.
Moisés sabía que ellos constituían la masa que debía ser moldeada para que se formara una nación. Tarea nada sencilla si consideramos las enormes dificultades que deberían enfrentar. Los ataques externos, la sed y el hambre, las enfermedades, el desaliento y la falta de espíritu comunitario. Eran hombres que solo habían aprendido a sobrevivir pensando en si mismos, los esclavos no pueden hacer otra cosa. La única ley era la fuerza y la capacidad para aprovechar la oportunidad sin ninguna consideración. Sin embargo, eran temerosos de Dios y lo seguían por que en él confiaban para que los salvase de sus poderosos enemigos.
Moisés debía aprovechar esa creencia común y sobre ella, sentar las bases de una organización social he instalarlos en la tierra de la abundancia, “donde manaba la leche y la miel”.
Antes que eso sucediera, debían cruzar el infierno y prepararse para enfrentarse con enemigos poderosos, que no iban a cederles esas tierras sin presentar batalla.
No dudó en actuar con mano de hierro para imponer el orden cuando las fuerzas del caos intentaron disgregar a su pueblo, estaba convencido de que la promesa sería cumplida. Dios le había dado el poder de vencer a los más grandes magos de Egipto y hasta el mar rojo se abrió ante su paso, y luego se cerro tragándose a sus perseguidores. El maná cayo del cielo para saciar el hambre de su pueblo, como podía dudar de que Dios estaba de su lado. Pero, al final del camino, cuando la tierra prometida se extendía hacia el horizonte con los más esperanzadores augurios de futuro, a él le fue negado el acceso.
Creo que en cada historia relatada en un libro sagrado, subyace un mensaje, una señal que indica el camino hacia la comprensión de nuestra naturaleza espiritual. Los retazos de una sabiduría fragmentada, pero que al unirlos, podemos apreciar la belleza de un universo dinámico al que pertenecemos y nos pertenece (“mi padre y yo somos uno” dijo Jesús)
La frase que se me ocurrió cuando leí la historia de Moisés fue que “la vida es una lección contra la soberbia”
Si tu soberbia se basa en la belleza, tarde o temprano el espejo te mostrará lo equivocado que estabas. Si se basa en el dinero, llegará el momento en que descubrirás que no te sirve para nada.
Al físico, el tiempo le pondrá los límites de la vejez. Siempre sucederá que, en algo estábamos equivocados. Ninguno de los ítems. Donde el ego pretenda fortalecerse tiene consistencia en la dinámica del tiempo que todo lo devora.
Moisés tuvo que aceptar que, el comienzo de la aventura en la tierra prometida que tanto anheló, era el final de su viaje personal. Había cumplido satisfactoriamente su misión, había actuado como debía en cada escena de la obra de su vida, pero no había escrito el argumento.
Subió al monte desde el cual podía ver la extensa comarca he imaginar como su pueblo tomaría posesión y prosperaría, aquel grupo de ex esclavos embrutecidos que vagaron durante 40 años por el desierto siguiendo a su líder con la esperanza de que se cumpliera la promesa de una nueva tierra.
Moisés sabía que ellos constituían la masa que debía ser moldeada para que se formara una nación. Tarea nada sencilla si consideramos las enormes dificultades que deberían enfrentar. Los ataques externos, la sed y el hambre, las enfermedades, el desaliento y la falta de espíritu comunitario. Eran hombres que solo habían aprendido a sobrevivir pensando en si mismos, los esclavos no pueden hacer otra cosa. La única ley era la fuerza y la capacidad para aprovechar la oportunidad sin ninguna consideración. Sin embargo, eran temerosos de Dios y lo seguían por que en él confiaban para que los salvase de sus poderosos enemigos.
Moisés debía aprovechar esa creencia común y sobre ella, sentar las bases de una organización social he instalarlos en la tierra de la abundancia, “donde manaba la leche y la miel”.
Antes que eso sucediera, debían cruzar el infierno y prepararse para enfrentarse con enemigos poderosos, que no iban a cederles esas tierras sin presentar batalla.
No dudó en actuar con mano de hierro para imponer el orden cuando las fuerzas del caos intentaron disgregar a su pueblo, estaba convencido de que la promesa sería cumplida. Dios le había dado el poder de vencer a los más grandes magos de Egipto y hasta el mar rojo se abrió ante su paso, y luego se cerro tragándose a sus perseguidores. El maná cayo del cielo para saciar el hambre de su pueblo, como podía dudar de que Dios estaba de su lado. Pero, al final del camino, cuando la tierra prometida se extendía hacia el horizonte con los más esperanzadores augurios de futuro, a él le fue negado el acceso.
Creo que en cada historia relatada en un libro sagrado, subyace un mensaje, una señal que indica el camino hacia la comprensión de nuestra naturaleza espiritual. Los retazos de una sabiduría fragmentada, pero que al unirlos, podemos apreciar la belleza de un universo dinámico al que pertenecemos y nos pertenece (“mi padre y yo somos uno” dijo Jesús)
La frase que se me ocurrió cuando leí la historia de Moisés fue que “la vida es una lección contra la soberbia”
Si tu soberbia se basa en la belleza, tarde o temprano el espejo te mostrará lo equivocado que estabas. Si se basa en el dinero, llegará el momento en que descubrirás que no te sirve para nada.
Al físico, el tiempo le pondrá los límites de la vejez. Siempre sucederá que, en algo estábamos equivocados. Ninguno de los ítems. Donde el ego pretenda fortalecerse tiene consistencia en la dinámica del tiempo que todo lo devora.
Moisés tuvo que aceptar que, el comienzo de la aventura en la tierra prometida que tanto anheló, era el final de su viaje personal. Había cumplido satisfactoriamente su misión, había actuado como debía en cada escena de la obra de su vida, pero no había escrito el argumento.
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