martes, 11 de agosto de 2009

El territorio del Nagual

En ocasiones, puedo ser consciente del divagar de mi mente; Pensamientos que fluyen en una u otra dirección, como corrientes que subyacen a la aparente calma de la superficie.
Luego de despedirme de Matías, caminé en dirección al parque. Llegué hasta el borde mismo de la avenida que me separaba de él. Pero, cuando estaba a punto de cruzarla, cambié de idea. Miré las veredas soleadas que se extendían hasta una esquina lejana y orienté mis pasos hacia ella.
A mi derecha, se levantaba un complejo de edificios cuya construcción, de más de 30 años, no era lujosa pero se mantenía en muy buenas condiciones. Sus entradas se encontraban precedidas por amplios jardines y senderos que comunicaban la vereda con los grupos edilicios.
Al pasar por una de las entradas, tomé por el sendero y comencé a pasear por los jardines. Recordé que en uno de los departamentos del complejo, había vivido la que fue mi primera novia y si bien tuve dudas porque han pasado más años de los que yo quisiera, creí reconocer la entrada al edificio 27 – B.
Me quedé observando ese número durante unos segundos y continué mi camino.
Como dije no estaba muy seguro pero, por alguna razón, ese número me había provocado una reacción inusual.
Soy tarotista y no pude dejar de reflexionar sobre el significado que los Arcanos de la baraja le dan a esas cifras. El dos es “la sacerdotisa”, el siete es “el carro” y la letra “B”, es la segunda letra del abecedario, por lo tanto vuelve a manifestarse el Arcano número dos.
Además, la suma de todas las cifras (2+7+2= 11), según el mismo sistema de análisis, es “la fuerza”
Al unir el significado de estos tres Arcanos, se manifiesta un fuerte potencial de sensibilidad e intuición movilizado por el dinamismo del carro y que podría anunciar el comienzo de una nueva etapa vital.
Si esto tuviera algún significado para mi, pensé, una mirada al pasado, me estaba impulsando hacia nuevos caminos... en el futuro.
Debo confesar que también se me ocurrió que podría intentar probar suerte en la lotería y, mientras continuaba con mi caminata, comencé a elaborar una serie de fórmulas que combinaran el dos, el siete y el once.
Al hacer el cálculo del dinero que debía invertir para que la jugada valiera la pena y que significara una mejora sustancial de mis finanzas, sentí temor, ya que el dinero del que disponía no me permitía arriesgarme al fracaso.
Observé el temor que esta disyuntiva me provocaba y recordé las palabras de Krisnhamurti, que muestran al miedo como un producto del pensamiento: “el recuerdo de un pasado que nos ha causado dolor, nos lleva a imaginar que esas condiciones se repetirán”.
Según el maestro, es necesario comprender plenamente esta cuestión, contemplarla desapasionadamente, sin involucrarse, como simples observadores.
Mientras analizaba estas observaciones, creí descubrir su significado más profundo —el pensamiento es realmente una herramienta poderosa, un arma formidable, porque es capaz de generar realidades— el pensamiento produce las condiciones de dolor y, luego, a través del recuerdo, se genera el miedo que nos empuja nuevamente al dolor.
Continuaba con mis cavilaciones, paseando por las veredas soleadas y mis ojos, se detuvieron en una palabra que alguien había escrito sobre una pared blanca que se alzaba a mi derecha: “Nagual”, recordé que ese era un sinónimo de Chamán o Brujo y cuando iba a retomar mis pensamientos sobre los significados del Tarot, pasó frente a mi, caminando en sentido contrario, un hombre cuyos rasgos manifestaban el aspecto de alguien que padecía alguna alteración mental. Me asombró su saludo y luego de devolverlo, al levantar mis ojos, vi la figura de otro hombre, cercano a la distante esquina, que me observaba, parado, con sus pierna abiertas y las manos en la cintura.
Cuando avancé un poco más hacia él se alejó doblando hacia su derecha desapareciendo de mi vista.
Prendí un cigarrillo mientras pensaba: “Si será poderoso el pensamiento que, sin que pudieras advertirlo, te hizo penetrar en el territorio del Nagual”… y entonces comencé a reír.

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